Los trabajos sobre el paisaje patagónico que vengo realizando tienen un denominador común: la necesidad interna de dialogar con él. Es un lugar mítico por lo duro de su clima, por las enormes distancias que hay que recorrer, por todo lo que –por eso mismo- oculta a quien se atreve a transitarlo. La patagonia es sinónimo de inmensidad y de vacío, y eso alimenta el mito de que “no hay nada”. Para mí hay mucho; siento que esa misma inmensidad guarda tesoros que no están al alcance de la mano –o del ojo- sino que hay que salir a buscarlos. A veces los encuentro. Y me siento un hombre afortunado.
H.C.